Número 254/ Enero 2012
Especial 20 Aniversario
A la sobria serenidad de la villa abrazada por el Pisuerga se le ha ido incorporando una arquitectura de vocación renovadora y sostenible. Cojan bufanda y abran bien los ojos para disfrutar de la gran urbe mesetaria.
Nada más arribar a Valladolid, a cinco minutos escasos de su flamante estación ferroviaria de Campo Grande, basta estirar las piernas con un reparador paseo por el parque homónimo para corroborar y desmentir algunos mitos casi ancestrales. La constatación: el corazón de la meseta castellana es un destino de climatología cruda y severa. El tópico que se desmorona: la supuesta sobriedad austera del carácter vallisoletano, ese talante lacónico y ensimismado en el que siempre incidieron las crónicas y que no encaja ni con la plácida vitalidad que se respira por estas 11 hectáreas triangulares entre castaños, encinas o unos olmos a los que la población local siempre se refiere como “negrillos”; ni con las estampas reiteradas de abuelos disfrutando como niños mientras sus nietos se embelesan con esas palomas y esos faisanes que, por centenares, se han convertido en vallisoletanos de pleno derecho. Y a un paso de la Plaza Mayor.
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